lunes, 9 de marzo de 2015

De verdaderos creyentes y fanáticos

Presentación

Desde hace varios siglos hay un tema que es el centro de atención de muchos investigadores alrededor del mundo y que en años recientes ha sido objeto de un interés aun mayor: el tema religioso. Es posible ver cómo han proliferado los estudiosos, los ensayos, los análisis y los congresos. Ese interés creciente ha hecho que cada vez más gente busque estudiar, comprender o mínimo tener una opinión cuando un tema que involucra lo religioso sale en la plática. Las opiniones que sobre el tema se generan son diversas; algunas están bien sustentadas y son dignas de consideración y crédito, mientras que otras son, ya sea de una ingenuidad enternecedora o de un dolo insultante.

Como uno de los resultados de estas opiniones, se dan la creación y difusión de algunas expresiones que poco a poco se han hecho famosas en ciertos ambientes, convirtiéndose en lugares comunes. Tomo como excusa una de esas frases, de las que se sueltan así sin más entre los interesados en estos temas y presento una reflexión acerca de una de las muchas aristas que tiene el asunto de los temas religiosos, esperando que sea una lectura interesante y que brinde algunas respuestas.

Necesitamos tener un punto de partida: al hablar de estos temas, muchas personas usan el término «La Religión» ─así, con mayúscula─, que invariablemente ligan a la interacción del individuo con un poder superior antropomorfo ─con forma humana─ y a la militancia dentro de una agrupación determinada. Dicho de otro modo, para muchos sólo se puede hablar de religión si hay dioses y si hay iglesias. Usado así, el término resulta harto simplista y deja fuera muchos aspectos que necesitan ser tratados si se quiere tener una buena comprensión de todo lo concerniente al asunto de las creencias, las prácticas, las ideas y toda la parafernalia relacionada.

Es por eso que muchos especialistas, al abordar el asunto, no hablan de «religión», sino de «fenómeno religioso», cuya definición es un relajo y no se van a encontrar dos estudiosos que den la misma explicación. De forma muy general y para los propósitos de este artículo, puede definirse el fenómeno religioso como todo aquello concerniente a las manifestaciones consideradas como religiosas ─la definición de «religión» es un cantar aparte─, sean éstas individuales o grupales, organizadas o no, aunque se encuentren presentes en esferas ajenas al culto o a las iglesias, como la esfera empresarial o la política.

Desde hace algún tiempo existe una frase peculiar, que aunque no puedo recordar exactamente dónde la leí o la escuché por primera vez, aparentemente se deriva de las tesis del estadounidense Eric Hoffer:

El verdadero creyente [religioso] es el fanático.

En primer lugar no es que Hoffer haya dicho o escrito tal frase, sino que puede ser una síntesis de su obra. Parece más un caso como el de Maquiavelo, al que le atribuyen el dicho «el fin justifica los medios», sin que el hombre haya dicho jamás tal cosa.

En segundo lugar no es el objeto de estas líneas analizar la obra de Hoffer ─algunas de sus tesis me parecen ya rebasadas, además de que es una necedad pelearse con un autor ya muerto─, sino hablar de la frase en sí y del uso que se le ha dado. Con esta frase se busca afirmar que sólo aquél que es «fanático religioso» ─ya verán por qué el entrecomillado─ es quien puede y merece ser llamado creyente verdadero, queriendo dejar a cualquier otro en calidad de falso o «de a mentiritas».

Ni qué decir que tal idea es un sinsentido monumental. Muestra que quien la sostiene en realidad no es especialmente versado en el fenómeno religioso. Por el contrario, entiende tan poco del tema que  busca encerrarlo en un corral lo más estrecho posible, ya que de lo contrario se entra en territorio desconocido y nadie ─incluyendo al autor de estas líneas─ quiere pasar por ignorante. De los que la expresen con dolo, sabiendo que no se sostiene, luego hablamos.

¿Qué hay de malo o de falaz en esta afirmación? Habrá que analizarla.

De los verdaderos creyentes

Por principio de cuentas el hecho de hablar de «verdaderos creyentes». Quienes dicen que «el verdadero creyente es el fanático» suelen cometer la misma equivocación ─o usar el mismo truco, recordemos la diferencia entre ignorancia y dolo─ que los apologetas religiosos, que es el haber establecido ─arbitrariamente y a priori─ una serie de criterios que se tienen que seguir para que alguien se gane su etiqueta de «creyente», de lo contrario no es verdadero, sino falso. Los criterios más comunes son dos y están fuertemente relacionados:

—Los verdaderos creyentes son miembros militantes de algún culto religioso, particularmente monoteísta y específicamente cristiano o musulmán. Esta percepción muestra la incapacidad de concebir el pensamiento religioso en un solo individuo y, de paso, rechaza la idea de que se puede creer en un poder superior sin estar adscrito a alguna asociación religiosa.

—Los verdaderos creyentes cumplen cabalmente aquellos pasajes de las escrituras sagradas que ordenan al fiel matar o causar daños a aquéllos que no comparten la misma fe.

Para ilustrar este punto de vista tienen un rosario de ejemplos, que pueden ser históricos ─las cruzadas o la inquisición─ o contemporáneos ─los ataques a algunos medios de comunicación─-

Esta visión nos remite a la falacia de ningún escocés verdadero1, tan bien explicada por Antony Flew mientras aún tenía uso de razón. Otro autor, Mathew ─desconozco su apellido─, brinda una explicación simple y buena del asunto. La traducción es mía:

¿Qué define a un verdadero creyente? Hay tantas religiones únicas y verdaderas que es difícil decirlo. Ahí está el cristianismo: hay tantos grupos compitiendo, todos ellos convencidos de que son los únicos cristianos verdaderos. A veces hasta luchan y se matan entre sí. ¿Cómo se supone que un ateo decida quién es y quién no un verdadero cristiano cuando ni siquiera las principales iglesias, como la católica y la anglicana no se ponen de acuerdo?
En último de los casos, la mayoría de los ateos toman un punto de vista práctico y deciden que debe ser considerado como un cristiano todo aquél que diga serlo y use la fe o el dogma para justificar sus acciones. Tal vez algunos de ellos estén pervirtiendo las enseñanzas cristianas para sus propios fines, pero si la Biblia puede ser usada tan fácilmente para apoyar acciones no cristianas, ¿puede ser en verdad un código moral? Si la Biblia es la palabra de Dios, ¿por qué no pudo hacerla menos ambigua? ¿Y cómo puedes saber que tus creencias no son una perversión de lo que tu dios propuso?
Si no hay una sola interpretación de la Biblia que no sea ambigua, entonces ¿Por qué debería un ateo, basado sólo en tu palabra, aceptar una interpretación en lugar de otra? Perdón, pero si alguien dice que cree en Jesús y que asesinó a otros porque Jesús y la Biblia le dijeron que lo hiciera, debemos llamarlo cristiano2

En el último párrafo también puede aplicarse el ejemplo contrario: si alguien dice que cree en Jesús y que decidió amar a otros porque Jesús y la Biblia le dijeron que lo hiciera, debemos llamarlo cristiano. La ambigüedad de muchos de los textos sagrados habla mal de la creencia religiosa y de la asociación que la respalda, no del creyente que elige seguir uno u otro camino.

La cuestión del «verdadero creyente» puede complicarse aun más. Tomemos un aspecto del fenómeno religioso, sólo uno: el culto a un poder superior.

Aunque en esencia se trate de creer y rendir honor a algo que trasciende, es decir, que va más allá del ser humano, hay ciertas diferencias entre la creencia en las fuerzas de la naturaleza ─cultos solares, lunares, a las aguas, a la tierra─ y la creencia en los dioses como tales: seres antropomorfos con atributos, pensamientos, cualidades y defectos determinados.

Dejemos de lado los cultos naturales y veamos que, dentro del culto a los dioses, hay diferencias los cultos politeístas, como el griego, el romano o el hindú, y los cultos monoteístas, como el judío o el cristiano.

Dejemos de lado los politeísmos y veamos que, dentro de los monoteísmos, hay diferencias entre el monoteísmo judío y el monoteísmo cristiano.

Dejemos de lado a los judíos y veamos que, dentro del cristianismo, hay diferencias entre el cristianismo de tipo protestante o evangélico y el cristianismo católico.

Dejemos de lado a los protestantes y evangélicos y veamos que, dentro del catolicismo, hay diferencias entre el catolicismo de la teología ─contenido en la patrística, las bulas, los concilios y las encíclicas─ y el catolicismo de las creencias y las prácticas de la gente.

Dejemos de lado la teología y veamos que, dentro de las creencias y prácticas, hay diferencias entre el catolicismo como se entiende en un país como España y el catolicismo como se entiende en un país como México.

Dejemos de lado a los españoles y veamos que, dentro del catolicismo mexicano, hay diferencias entre el catolicismo como se entendía en el siglo XVI ─cuando vino a dar por acá─ y el catolicismo como se entiende en el siglo XXI.

Dejemos de lado el siglo XVI y veamos que, dentro del catolicismo mexicano del siglo XXI, hay diferencias entre el catolicismo como se entiende en comunidades de la sierra de Oaxaca y el catolicismo como se entiende en el Distrito Federal.

Dejemos de lado a los oaxaqueños y veamos que, dentro del catolicismo defeño, hay diferencias entre el catolicismo como lo entienden las señoras adineradas de Las Lomas y el catolicismo como lo entiende la gente joven ─de 25 años o menos─.

Dejemos de lado a las señoras y veamos que, dentro de los jóvenes católicos, hay diferencias entre el catolicismo como lo entiende un universitario y el catolicismo como lo entiende un joven de menor preparación académica.

Dejemos de lado a los universitarios y veamos que, dentro de los jóvenes sin formación académica, no es lo mismo el catolicismo como lo entiende un «sanjudero» ─devoto de San Judas Tadeo─ y el catolicismo como lo entiende un devoto de la Virgen de Guadalupe.

La pregunta es: ¿cuál de todos es el verdadero creyente?

—El que rinde culto a la naturaleza.
—El politeísta.
—El judío.
—El protestante.
—El evangélico.
—El católico de la teología.
—El católico español.
—El católico del siglo XVI.
—El católico oaxaqueño.
—La señora copetona de Las Lomas.
—El universitario.
—El devoto de San Judas.
—El devoto de la Virgen de Guadalupe.

¿Lo son todos? ¿No lo es ninguno? ¿Verdad que no es tan fácil y hacer esas simplificaciones de creencias «verdaderas» es una generalización que no corresponde con la realidad?

Del fanatismo

Ahora toca entrarle a otro tema: el del fanatismo. Aquí es posible notar otra muestra de ignorancia ─o quizá de mala fe─ de quienes dicen que el fanático es el verdadero creyente, pues desconocen el trasfondo de la palabra fanático y, cuando mucho, se atienen a la definición de la RAE, que a la letra dice:

fanático, ca.(Del lat. fanaticus)
1. adj. Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas y políticas. U. t. c. s.
2. adj. Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo. Fanático por la música.

Apegándonos a estas únicas definiciones, vemos que el término para nada es exclusivo del entorno religioso y no es indicativo de la fidelidad a algo o alguien, sino de su entusiasmo exacerbado.

Pero la cosa va más allá de una mera definición de diccionario. Habrá que recurrir a esas disciplinas un tanto olvidadas que son la etimología y la historia, a ver qué pueden aportar al tema.

«Fanático» viene del latín fanum, que significa «templo». En tiempos de los romanos ─y aquí se dispara la imaginación hacia la época del imperio, siendo que en Roma previamente hubo un régimen monárquico y uno republicano─ se conocía a los sacerdotes y a quienes se dedicaban a los cultos exclusivos como los fanaticus o fanatici, pues se entregaban totalmente al servicio del templo. De entre éstos sobresalían algunos, como los sacerdotes de las diosas Belona y de Cibeles, que eran presas de un entusiasmo y un furor exacerbados, al grado de que el fanaticus empezó a ser relacionado con actitudes delirantes, frenéticas, incluso violentas y, por extensión, se comenzó a llamar «fanática» a toda aquella persona exaltada, efusiva y agresiva.

Tomando en cuenta lo anterior, es posible y es sencillo ver que no sólo hay fanáticos religiosos, como los que vuelan edificios o acosan gente en las clínicas de interrupción del embarazo; también hay fanáticos del futbol, como aquéllos que van a los estadios y son parte de las porras que, además de disfrutar el juego ─de eso no hay duda─, golpean a cualquiera que ose vitorear al equipo rival; o los fanáticos de tal o cual grupo o cantante, que abarrotan los auditorios donde se presenta la figura y el hotel en el que se hospeda. Es más: es posible hablar de fanáticos ateos, que hablan de que «las ideas del Ateísmo pueden resumirse en acabar con Dios y con la religión»3.

Con el razonamiento propuesto por quienes enarbolan la frase «el verdadero creyente es el fanático» queda entonces preguntarse: ¿entonces el verdadero aficionado al futbol es el fanático?, ¿el verdadero admirador de un artista es el fanático?, ¿el verdadero ateo es el fanático? No sólo eso, ¿el que no defienda su preferencia o sus creencias de forma exaltada y violenta y que no sea capaz de atacar ni de matar al disidente no es un verdadero creyente?

Puede argumentarse que uno puede ser un gran aficionado a un equipo de futbol o a un artista sin necesidad de actuar como un fanático. Si es así, ¿por qué es posible eso en esos casos, mientras que para ser un verdadero creyente religioso hay que ser un fanático? ¿O será que la afición al futbol o a un artista no disparan los resortes emotivos que sí reaccionan ante la creencia religiosa? Son preguntas cuya respuesta corre a cargo de quienes están a favor de decir que «el verdadero creyente es el fanático».

El fanatismo es la actitud fúrica hacia el que disiente, pero ese furor no dice mucho ─o francamente no dice nada─ acerca de qué tan «verdadero» es un creyente, sólo nos muestra qué tan loco de atar está.

Consideraciones

El estudio del fenómeno religioso es algo tan rico como complejo. Existen muchos problemas a la hora de abordarlo, como las categorías; el cómo denominar ese fenómeno que estamos presenciando. Para el caso que nos ocupa hemos visto cómo se considera el fanatismo como una característica eminentemente religiosa y como una condición ineludible del religioso fiel, siendo ni todos los religiosos verdaderos ─es decir, los que viven de acuerdo con lo que creen─ son fanáticos, ni todos los fanáticos son religiosos.

Aquí expreso una hipótesis personal y, como tal, susceptible de ser rechazada: Hoffer mencionó que el enemigo del fanático de un bando no es el fanático del otro bando, sino el militante moderado, ése que no está tan loco. Si tiene razón ─a mí me gusta la idea, pero lo tomo con calma─ ésta podría ser una explicación de por qué se considera al fanático como verdadero creyente y se desdeña al moderado, simplemente «pa’ andar iguales». Habría que ver si esta hipótesis se sostiene o no.

La frase que dio origen a esta reflexión es sólo un ejemplo de lo que puede pensarse cuando se tiene una visión simplista de los temas religiosos. Limitar el fenómeno a los dioses y los grupos, sin tomar en cuenta la multitud de expresiones del fenómeno más allá de las iglesias, da lugar a concepciones que no corresponden con la realidad y que suelen ser canalizadas por gente no versada en esos menesteres... o por fanáticos, que no siempre «son tontos. A veces son bien listos»4.

Bibliografía

Cipriani, Roberto, Manual de sociología de la religión, trad. Verónica Roldán, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004, 360 pp.

Corominas, Joan y José A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, 6 tomos, Madrid, Gredos, 1980. II, 491 pp.

Eliade, Mircea, Tratado de historia de las religiones, trad. Tomás Segovia, México, Era, 1972, 462 pp.

Hoffer, Eric, El verdadero creyente. Sobre el fanatismo y los movimientos sociales, trad. Adela Garzón Pérez, Madrid, Tecnos 2009.

Otto, Rudolph, Lo Santo. Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, trad. Fernando Vela, Madrid, Alianza Editorial, 2001, 224 pp.

Rodríguez Estrada, Mauro, El miedo a la verdad. El poder del Estado y la iglesia sobre el individuo, México, Pax, 1999, 242 pp.

Consultas en la red

Serrano, Pablo, «Ningún verdadero escosés», Analizando falacias, http://falaci.blogspot.mx/2013/11/el-verdadero-escoces.html (consultada por última vez el 9 de marzo de 2015).

Mathew, «An Introduction to Atheism (1997)», The Secular Web,  http://infidels.org/library/modern/mathew/intro.html (consultada por última vez el 9 de marzo de 2015).

Grima, Carlos, «El Ateísmo es aquella ideología que niega la existencia de Dios, y lucha contra la religión y contra todos sus conceptos asociados: humildad, pobreza, obediencia, sumisión, etc.», Iniciativa Atea, https://iatea.org/divulgacion.php?id=2 (consultada por última vez el 9 de marzo de 2015).


1 La falacia de «ningún escocés verdadero» se usa con el propósito de excluir o incluir adeptos a determinadas ideas. La expresión común de esta falacia consiste en lo siguiente: A: Ningún escocés echa azúcar en su avena. B: Pero a mi tío Angus, que es escocés, le gusta echar azúcar en su avena. A: Ah, sí, pero ningún escocés verdadero echa azúcar en su avena. Se hace una afirmación general y cuando un contraejemplo la desmiente, se modifica la definición para excluir el contraejemplo.
2 Mathew, «An Introduction to Atheism (1997)», The Secular Web. http://infidels.org/library/modern/mathew/intro.html (consultada el 9 de marzo de 2015).
3 Carlos Grima, «El Ateísmo es aquella ideología que niega la existencia de Dios, y lucha contra la religión y contra todos sus conceptos asociados: humildad, pobreza, obediencia, sumisión, etc.» Iniciativa Atea. https://iatea.org/divulgacion.php?id=2 (consultada el 9 de marzo de 2015).
4 Mauro Rodríguez Estrada, El miedo a la verdad. El poder del Estado y de la iglesia sobre el individuo, México, Pax, 1999, p. 155.

2 comentarios:

  • incognia says:
    9 de marzo de 2016, 8:44

    Nos consta que hay sanjuderos que no creen en la Lupe.

  • TORK says:
    9 de marzo de 2016, 21:08

    Justo en eso pensaba al poner ese párrafo.

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